Terapia para la dependencia emocional: claves para superarla

A veces, lo que empezamos llamando “amor” acaba derivando en una pequeña telenovela llena de dramatismo, miedos y adicción al “qué pensará de mí” o “me dejará, seguro, ya verás, ¡esta vez sí!”. Esto tiene nombre y apellido (y no, no es ese ex del que nunca hablamos): se llama dependencia emocional, y, si eres de los que busca terapia dependencia emocional Vigo a las tres de la mañana tras otro “te juro que cambio” que se desvanece como el wifi justo cuando vas a enviar ese largo mensaje, probablemente te sientas identificado. La buena noticia es que las historias de terror emocionales tienen salida, y no, no hace falta huir a una isla desierta o borrar a medio país de tus contactos para encontrarla.

Son muchas las personas que, aún rodeadas de amigos y con el cerebro lleno de memes sobre relaciones tóxicas, caen en el bucle de revisar el móvil treinta veces esperando un mensaje, o modifican, sin darse cuenta, sus gustos, planes y hasta su playlist de Spotify en favor de otra persona. Porque claro, dejar de escuchar Bad Bunny porque a tu pareja solo le gusta el indie noruego, también cuenta. Aquí entra en juego el autoconocimiento y, sobre todo, la valentía de enfrentarse al miedo a quedarse solo, ese mismo miedo que, paradójicamente, lleva a buscar relaciones dependientes. Repetimos patrones, sí, porque la mente es adicta a lo conocido; y soltar ese hábito no es tan sencillo como dejar de fumar o pasarse al brócoli. Estamos hablando de emociones, de vínculos, de historias, y de un enganche emocional más fuerte que el café de la mañana.

Muchas veces, el entorno no ayuda. Hay una abuela diciendo “mejor sola que mal acompañada” justo después de contar cómo se conoció con el abuelo, o tu mejor amigo preguntando cuándo piensas escaparte de esa relación “rara”, como si se tratara de un reality show. Pero lo cierto es que el trabajo real comienza por uno mismo: preguntarse quién soy y qué quiero más allá de una relación. Y aquí no hay gurús ni influencers que puedan darte un mantra mágico; toca mirar dentro, sin filtros de Instagram ni postureo emocional.

Afortunadamente, buscar ayuda ya no es motivo de esconderse debajo de la mesa, sino todo lo contrario. De hecho, elegir terapia dependencia emocional puede ser la mejor forma de aprender a poner límites sanos (que no son los de “ahora voy a hacerme el interesante y no contestar en dos horas”), sino los de verdad, esos que te devuelven el poder de decidir si quieres una relación o solo prefieres compañía en Netflix los domingos. Además, la terapia es como ese amigo brutalmente sincero que te dice cuando llevas una mancha en la camiseta o cuando estás repitiendo tu vieja estrategia de mendigar afecto disfrazado de “solo quiero que seas feliz”.

No se trata de buscar culpables ni de sacar el látigo de la auto-reproche. Nadie escoge engancharse a relaciones que drenan energía y confianza. Pero sí es posible reescribir el guion, descubrir de dónde viene esa necesidad tan grande de aprobación y empezar a entrenar el músculo de la autoestima. Es curioso, porque a veces invertimos años perfeccionando el inglés, aprendiendo recetas imposibles o viendo series coreanas con subtítulos, pero nos da pereza dedicar media hora a observar nuestras emociones y creencias sobre el amor. Puede resultar incómodo, e incluso doloroso, darte cuenta de que has entregado el timón de tu vida a otra persona, pero a la vez, es la oportunidad de iniciar un proceso realmente transformador.

En ese camino, aprender a escuchar las propias necesidades es básico, aunque al principio parezca que solo sabes responder “no lo sé, lo que tú quieras” (frase prohibida en terapia, por cierto). Descubrir qué te hace feliz sin depender del aplauso externo es una tarea de orfebrería emocional, y la buena noticia es que se puede aprender con práctica, humor y mucha, mucha paciencia. Porque sí, el humor es un ingrediente fundamental. Si no eres capaz de reírte de tus propias contradicciones, de ese drama por el doble check azul o los mensajes no respondidos, la vida y la terapia pueden parecer más arduas de lo que son.

El viaje hacia relaciones más sanas y menos demandantes tampoco es lineal: hay momentos brillantes y otros de recaída en los viejos hábitos. Pero cada pequeño logro, como decir “no, hoy me apetece quedarme en casa” o no entrar al whatsapp por quinta vez, ya es una victoria. Al final, esto no va de convertirte en un eremita hipster sin pareja, sino en alguien capaz de compartir desde la libertad y el equilibrio. Porque, vamos a admitirlo, nadie quiere amar con una permanencia de móvil ni firmar contratos vitalicios de sumisión emocional. Se trata de elegir vínculos en los que puedas ser tú mismo: con todas tus manías y también tus fortalezas, con respeto, humor y amor propio. Y, si en ese camino te acompaña un profesional, puede que el drama se convierta por fin en comedia romántica, y no en saga de terror psicológico.