Un Viaje al Paraíso Atlántico: Qué Ver en las Islas Cíes

Saber cuando vas a las islas cíes que ver es importante y es como iniciar una peregrinación hacia uno de los tesoros mejor guardados de las Rías Baixas. Para el viajero que zarpa desde los puertos de Vigo, Baiona o Cangas, la travesía en barco es el preludio de una experiencia inolvidable, un recorrido de aproximadamente cuarenta minutos sobre las aguas atlánticas que poco a poco desvela la imponente silueta del archipiélago. La llegada al muelle de la isla de Monteagudo es un impacto visual: las aguas turquesas y la arena blanca y fina de la Playa de Rodas reciben al visitante, confirmando por qué fue elegida en su día como «la mejor playa del mundo».

Una vez en tierra, el explorador se encuentra ante un santuario natural de acceso controlado, un lugar donde la naturaleza dicta el ritmo. El primer destino casi obligado es la propia Playa de Rodas. Recorrer su arenal en forma de media luna, que une las islas de Monteagudo y Faro, y sentir la fría y cristalina agua del Atlántico es el rito de bienvenida. Conectada a ella por una pasarela de piedra, la menos concurrida Playa de Figueiras ofrece un remanso de paz, siendo un conocido enclave naturista.

Pero Cíes es mucho más que sus playas. Para el amante del senderismo, el archipiélago despliega una red de rutas que invitan a descubrir sus secretos. La ascensión al Faro de Cíes es la más popular y gratificante. El camino, de dificultad moderada, serpentea entre bosques de pinos y eucaliptos, ofreciendo vistas espectaculares a cada recodo. La recompensa final es una panorámica de 360 grados desde el acantilado, con el océano infinito a un lado y la ría de Vigo al otro, una imagen que queda grabada en la memoria.

Otra ruta imprescindible lleva al Alto do Príncipe, en la isla de Monteagudo. Desde este mirador, se obtiene una perspectiva única de los acantilados de la costa oeste y de la icónica formación rocosa conocida como la «Silla de la Reina». Para los más aventureros, la isla de San Martiño, accesible solo en embarcación privada, representa la versión más salvaje y virgen del archipiélago. El visitante, al final de su jornada, abandona las islas con la certeza de haber pisado un paraíso terrenal, un enclave donde la belleza del Atlántico se manifiesta en su máxima expresión.