Ir al supermercado se ha convertido en una misión con un objetivo muy claro, casi un ritual. No voy simplemente a por «comida»; voy a la caza de pequeñas alegrías que mi cuerpo me permite disfrutar. Y hoy, el objetivo prioritario está en la sección de refrigerados: el queso crema sin lactosa para untar.
Tengo que confesarlo: soy intolerante a la lactosa. Durante años, esto significó un adiós melancólico a muchas de las texturas más placenteras de la vida. Decir adiós a la cremosidad, a esa untuosidad que convierte una simple tostada en un desayuno de campeones. El queso de untar era uno de esos grandes sacrificados. Veía a los demás disfrutar de sus bagels con una generosa capa blanca y yo me conformaba con aceite o mermelada, sintiendo esa pequeña punzada de exclusión gastronómica.
Camino con determinación hacia los lácteos. Mis ojos ya no buscan las marcas tradicionales con resignación; ahora escanean con esperanza. Busco el sello, la etiqueta mágica, las dos palabras que me abren la puerta: «Sin Lactosa».
Hace unos años, encontrarlo era una odisea. Una única marca, si había suerte, escondida en un rincón. Hoy, me enfrento a un «problema» maravilloso: la elección. ¿Natural? ¿Con finas hierbas? ¿Quizás la versión light? Es increíble cómo algo tan simple como tener opciones puede hacerte sentir tan… normal.
Hoy me decanto por el clásico, el natural. Agarro la tarrina. Es un gesto automático para la mayoría, pero para mí, se siente como un pequeño trofeo. Al meterlo en el carrito, siento una satisfacción genuina. Es la certeza de que esta noche, o mañana por la mañana, voy a disfrutar de algo que me encanta sin miedo, sin calculadora de riesgos digestivos, sin la temida hinchazón.
Llego a casa y, casi sin deshacer el resto de la compra, saco mi premio. Tuesto una buena rebanada de pan de semillas. El ritual es importante. Abro el envase. Ahí está: blanco, brillante y con esa textura perfecta. Cojo el cuchillo y lo hundo. Se desliza con esa resistencia suave y perfecta.
Lo extiendo sobre el pan caliente. El primer bocado es todo. Es sabor, sí, pero es más que eso. Es la textura que recordaba, esa cremosidad láctea que envuelve el paladar. Es el placer de no tener que renunciar.
Puede sonar exagerado para algunos, pero comprar queso de untar sin lactosa no es solo una transacción comercial. Es recuperar un pedazo de normalidad, es inclusión en el plato. Es, en definitiva, una pequeña y deliciosa victoria personal.