Dónde alojarse para vivir una experiencia inolvidable

Quien persiga camas mullidas en primera línea de mar con la esperanza de despertarse frente a Rodas, que sepa que el paraíso tiene sus propias normas. Las Cíes son un tesoro protegido, y ahí está el giro de guión: no hay hoteles en las Islas Cíes, ni falta que les hace. Lo que sí existe es un paisaje tan intacto que los atardeceres parecen producidos por un director de cine con presupuesto ilimitado. Para dormir bajo las estrellas, el camping oficial —sujeto a aforos y temporada— es la puerta de entrada. Para sabanas blancas, carta de almohadas y desayuno con prensa, la jugada maestra consiste en alojarse en la costa de la ría y cruzar en barco como quien se prepara una excursión que sabe a premio.

La base más recurrente es Vigo, ciudad salpicada de terrazas donde el pulpo llega a la mesa como si fuese un viejo conocido y los hoteles se reparten entre edificios históricos rehabilitados y torres con vistas a la ría que te reconcilian con el madrugón. Elegir bien el barrio hace la diferencia: el Casco Vello seduce a quienes quieren bajar del ascensor directamente a la piedra con historia; la zona del Areal y O Berbés combina la cercanía a las navieras con restaurantes de producto; y las cotas altas ofrecen perspectivas de postal que, para qué negarlo, funcionan de maravilla en cualquier galería de viaje. Desde estos puntos, el embarque a Cíes durante la temporada alta es un ritual que conviene planificar con antelación: hay cupos diarios de visitantes marcados por el Parque Nacional, y eso significa reservar autorización y billete de barco con mimo suizo.

Quien prefiera el encanto marinero fuera de ciudad, Baiona despliega su carta de seducción con un casco antiguo que invita a pasear sin reloj y un paseo marítimo que huele a salitre y a helado a media tarde. Aquí los hoteles suelen esconder balcones que miran a la bahía y una tranquilidad de verano que hace que el tiempo se estire. El histórico recinto amurallado asoma con una de esas ubicaciones que harían suspirar a cualquier cronista de viajes: habitaciones con muros gruesos, jardines que parecen pensados para leer sin prisa y una puesta de sol que convierte cualquier copa en un ritual. Nigrán, más discreta, suma playas como Patos y Panxón para quienes quieren combinar mañana de arena fina con tarde de paseos infinitos; y si lo tuyo es una visión desde la orilla opuesta, Cangas ofrece esa perspectiva de las islas que desata la tentación de contarlas una y otra vez, además de alojamientos familiares donde el café se sirve con recomendaciones auténticas.

La liturgia del viajero que quiere sacarle jugo a la jornada empieza la víspera. Revisa el parte marítimo, prepara una mochila ligera con protector solar, gorra, agua y calzado cómodo, y deja listos los billetes del ferry junto con la autorización del parque. No es burocracia caprichosa; es el filtro que mantiene el ecosistema tan impecable como lo pintan las fotografías. Por la mañana, desayuna con ganas: en Vigo, los bufés hablan gallego con frutas de temporada y pan crujiente; en Baiona, la repostería casera te obliga a negociar contigo mismo; en Cangas, el café llega con esa confianza que invita a pedir otro. Después, el embarque. El trayecto es corto, pero conviene atesorarlo: el viento trae el rumor de los cantiles y, cuando el barco se alinea con Rodas, uno entiende por qué las listas de playas más bellas se quedan cortas.

Ya en el archipiélago, la ecuación es simple: menos es más. Senderos señalizados que te llevan a faros que parecen colgados del cielo, playas de agua turquesa donde el Atlántico presume de transparencia y la sensación de que el reloj, por fin, se olvidó de ti. Esa misma simplicidad explica por qué dormir aquí, si no es en tiendas, no entra en los planes. No es un capricho, es coherencia con la figura de protección. Quien ansíe sábanas y minibar, mejor que apueste por una logística bien pensada: el último barco de vuelta no espera y el encanto del día sube de nivel cuando sabes que al atardecer te aguarda una ducha caliente y un pescado a la brasa a dos pasos del hotel.

La pregunta de dónde quedarse, entonces, se resuelve con personalidad. Si te seduce la energía urbana y la oferta cultural, Vigo gana puntos: museos, galerías, una agenda de conciertos que sorprende y restaurantes donde el marisco no es carta de presentación sino ADN. Si buscas descanso con perfume a villa histórica, Baiona te susurra al oído. Si quieres una playa para estirar las tardes hasta que el sol se rinda, Nigrán y sus arenales son apuesta segura. Y si te gusta cruzar la ría por la mañana sintiendo que formas parte de una coreografía marinera —patrones que bromean, niños que señalan, parejas que se hacen fotos sin acuerdo sobre el ángulo—, Cangas te sienta como anillo al dedo. En todos los casos, hay hoteles boutique con carácter, opciones de cuatro estrellas con spa para desperezarse después del barco y alojamientos más modestos donde lo importante es la ubicación y una cama honesta.

No es menor el detalle de la temporada. En verano, los billetes para el archipiélago vuelan, y las estancias en la costa se llenan de familias, parejas, aventureros con prismáticos y fotógrafos al acecho del rayo dorado. Fuera de esa ventana, la ría baja pulsaciones y la experiencia muta: hay menos barcos, el paisaje se vuelve más introspectivo y los precios de los alojamientos suelen sonreír. El clima atlántico tiene sus caprichos, claro, pero saber que una nube pasajera se despeja en diez minutos es parte de la liturgia local. Mientras tanto, la gastronomía hace de red de seguridad: una empanada en el paseo de Baiona, una ración de navajas en Cangas, un albariño fresquito en el Casco Vello y el día encuentra su equilibrio.

Hay quien se obsesiona con estar “lo más cerca posible” y se olvida de que a veces la distancia de un barco otorga la pausa perfecta. La rutina ideal podría sonar así: hotel cómodo, tarde de paseo por el puerto, reserva confirmada para el ferry, mochila afinada, despertador amable, travesía breve, caminata hasta el faro, baño que te recuerda que el Atlántico no negocia temperatura, siesta en la arena, regreso con el salitre aún en la piel y cena en una terraza donde los camareros recomiendan según mercado. Si un periodista puede dar un consejo sin parecer oráculo, sería este: reserva con antelación lo que de verdad importa, elige un alojamiento que te haga ilusión por la noche tanto como te entusiasma la isla de día y concédete margen para improvisar lo demás, porque la ría tiene un talento especial para regalar escenas que no caben en ninguna guía ni en ningún plan milimetrado.