Mi trozo de paraíso en Córdoba mide doce metros cuadrados

Para muchos, la felicidad son los grandes momentos de la vida. Para mí, desde que vivo en Córdoba, la felicidad tiene unas medidas muy concretas: unos cinco metros de largo por dos y medio de ancho. Es el tamaño de mi plaza de aparcamiento en Cordoba, y puedo asegurar que es el mayor lujo que he tenido nunca. Quien no haya experimentado la odisea de buscar sitio para el coche en esta ciudad, sobre todo si te acercas a la Judería o a cualquier callejuela con encanto, no puede entender la paz que siento.

Antes de tenerla, mi vida era una gymkana diaria contra el reloj y la paciencia. Volver a casa del trabajo se convertía en una misión estresante. Era el juego de las sillas musicales, pero con coches y una banda sonora de cláxones internos. Daba vueltas y más vueltas, como un satélite en una órbita desesperada, viendo los mismos huecos imposibles y sintiendo cómo la ansiedad me ganaba terreno. Cada vez que encontraba un sitio, a quince minutos andando de casa, lo sentía como una victoria épica, aunque eso significara dejar el coche bajo el sol implacable de agosto o expuesto a los pequeños arañazos del día a día.

La decisión de comprar la plaza fue una de las mejores de mi vida. Ahora, el simple gesto de pulsar el botón del mando a distancia y ver cómo se abre la puerta del garaje es un ritual que me reconcilia con el mundo. Significa llegar a casa. Sin rodeos, sin estrés, sin dar vueltas. Significa saber que mi coche está seguro, a resguardo del calor, de las tormentas y de los golpes.

Es más que un simple espacio para aparcar; es tiempo que he ganado. Tiempo que ya no malgasto en la búsqueda infructuosa y que ahora dedico a pasear por la Ribera, a tomar algo por el centro o, simplemente, a llegar antes a casa para descansar. Es calidad de vida en estado puro. Mis amigos de fuera a veces bromean, pero los que son de aquí lo entienden perfectamente. En una ciudad con un patrimonio inmenso y unas calles que son un tesoro, tener tu pequeño rincón para el coche no es un capricho, es un salvoconducto hacia la tranquilidad. Es mi pedazo de paraíso personal en el corazón de Córdoba.