Un pacto de silencio en la muñeca: El día que regalé seguridad a mi vecino

Llevo cinco años viviendo puerta con puerta con Antonio. A sus 82 años, es de esa generación de hombres que consideran que pedir ayuda es una muestra de debilidad. Es independiente, va a comprar el pan cada mañana y mantiene su rutina con una disciplina militar. Sin embargo, en los últimos meses, he notado que sus pasos en el descansillo son más lentos y que, a veces, el silencio en su piso dura más de lo habitual.

La preocupación real me asaltó un martes. No lo vi salir a por el periódico. Al final resultó ser un simple resfriado, pero esas tres horas de incertidumbre hasta que me abrió la puerta me hicieron pensar en el «y si…». ¿Y si se cae en la ducha? ¿Y si se marea en la cocina? Vive solo, y su única familia está a dos horas de coche. Sentí que, como vecino y amigo, tenía que hacer algo, pero el reto era cómo hacerlo sin herir su orgullo.

El dilema del «Botón Rojo»

Pensé en la teleasistencia clásica, esa medalla con el botón rojo que ofrecen los servicios sociales o las aseguradoras. Pero sabía que Antonio jamás se pondría «el collar de perro», como él llama con sorna a esos dispositivos que gritan a los cuatro vientos: «Soy un anciano vulnerable».

Investigando, descubrí los relojes de teleasistencia. Fue una revelación. A simple vista, parecen un reloj digital moderno o una pulsera de actividad. No estigmatizan. No te hacen sentir enfermo. Son discretos, pero por dentro son auténticos salvavidas.

Tecnología disfrazada de regalo

Decidí comprar uno, pero la estrategia de entrega fue clave. No se lo vendí como un dispositivo de emergencia. —Antonio, me han regalado este reloj inteligente en el trabajo y yo ya tengo uno. Pruébalo tú, que te mide los pasos cuando vas al parque y te dice la tensión, le mentí piadosamente.

Se lo puso con curiosidad. Le gustó la pantalla grande con los números claros. Le expliqué las funciones básicas y, «de paso», le comenté el botón lateral: —Y mira, si algún día te encuentras mal o te caes y no puedes levantarte, mantienes pulsado este botón y el reloj me llama a mí directamente y me manda tu ubicación por GPS. Así no tienes que buscar el teléfono.

La tranquilidad de saber que está conectado

Lo que más me convenció del modelo que elegí fue el detector de caídas. Antonio no tiene que hacer nada. Si el reloj de teleasistencia para personas mayores detecta un impacto brusco seguido de falta de movimiento, lanza la alerta solo.

Desde que lo lleva puesto, algo ha cambiado. No en él, que sigue siendo el mismo cascarrabias entrañable de siempre, sino en mí. Ya no pego la oreja a la pared con angustia si no oigo ruido. Sé que el reloj tiene batería para varios días y que es resistente al agua (se ducha con él, algo fundamental).

Regalarle ese reloj ha sido la mejor inversión del año. No le regalé un aparato tecnológico; le regalé la posibilidad de seguir viviendo solo, en su casa de toda la vida, pero con una red de seguridad invisible. Y él, aunque no lo diga abiertamente, camina más tranquilo. El otro día me dijo: «Oye, el reloj este dice que hoy he caminado tres kilómetros». Yo sonreí. Él ve los kilómetros; yo veo que, si esos pasos fallan, podré estar allí para ayudarle.