Guardianas de piedra y niebla: mis pasos tras el origen de las Cíes

Cada vez que miro hacia la boca de la ría y distingo la silueta recortada de las islas Cíes sobre el horizonte, me resulta imposible verlas únicamente como un paraíso de arena fina y aguas turquesas. Para mí, contemplar Monteagudo, O Faro y San Martiño es mirar de frente a los cimientos mismos de nuestra tierra, a una historia colosal que empezó a escribirse mucho antes de que el ser humano aprendiera a navegar. Siempre que pongo un pie en su suelo de granito, siento que camino sobre un libro abierto de geología, mito y memoria ancestral.

Los verdaderos orígenes de las Islas Cíes se fraguó en las entrañas del planeta, en la violencia paciente del movimiento tectónico y en la resistencia del batolito granítico gallego. Me sobrecoge pensar que hace apenas unos miles de años, durante el último retroceso glaciar, lo que hoy cruzamos en barco era un conjunto de valles terrestres comunicados con la costa. Al fundirse los hielos y subir el nivel del Atlántico, el mar invadió los cauces fluviales, ahogó las llanuras y aisló estas tres cumbres escarpadas, convirtiéndolas en los tres baluartes defensivos naturales que hoy templan la furia oceánica y regalan calma al interior de la ría.

Pero la historia de las Cíes no es solo roca y agua; está viva en la huella de quienes aprendieron a habitarlas. Cuando subo por las laderas hacia los altos y me detengo en las inmediaciones del castro de As Hortas, en la ladera de Monte Faro, la imaginación vuela sin esfuerzo hacia la Edad del Bronce y del Hierro. Me detengo a observar los restos de las antiguas cabañas circulares y trato de ponerme en la piel de aquellos primeros pobladores castrexos. Vivían del marisqueo, de la pesca artesanal y de pequeños cultivos resguardados del viento salino, vigilando el horizonte oceánico con el constante recelo de quien habita una frontera expuesta al mundo.

A esa presencia milenaria le siguió la huella romana, que bautizó a las islas como las Insulae Deorum, las islas de los dioses. La tradición cuenta incluso que Julio César persiguió a los rebeldes herminios hasta estos mismos peñascos para doblegar su última resistencia. Siglos más tarde, ese aislamiento estratégico atrajo a monjes benedictinos y franciscanos, cuyos conventos medievales buscaron en la soledad del archipiélago un retiro espiritual, aunque a menudo terminaron pagando el precio de ser presa fácil para las incursiones de piratas normandos, ingleses y berberiscos.

Hoy, cuando el viento del oeste me golpea la cara en el acantilado y el bramido de las olas resuena contra las rocas milenarias, comprendo la verdadera dimensión del lugar. Las Cíes no son un capricho estival ni una postal reciente; son un testigo silencioso de la evolución geológica y humana de Galicia, forjadas por el cataclismo, veneradas por imperios antiguos y custodiadas para siempre por la memoria del Atlántico.