Dejar atrás el ritmo de Vigo siempre supone una mezcla de alivio y expectación. Aunque nuestra ría es un espectáculo diario, cruzar el puente de Rande con la brújula apuntando hacia el valle de O Salnés tiene un sabor especial, un aire a verdadera desconexión. Llevábamos semanas cuadrando agendas para esta escapada destino Sanxenxo. Viajar con mi pareja y con Leo, nuestro incansable labrador color miel, exige siempre cierta logística, pero esta vez decidimos apostar por la libertad absoluta y hacer la ruta en autocaravana. Para mí, hay pocas sensaciones comparables a la de arrancar el motor sabiendo que nuestra pequeña casa rodante nos permitirá amanecer frente al mar, sin los horarios y ataduras de un hotel.
Sanxenxo arrastra la fama de ser la capital turística de las Rías Baixas por excelencia, y en cuanto pones un pie allí, entiendes rápidamente el porqué. Llegamos a media mañana, recibidos por esa brisa atlántica inconfundible que te limpia los pulmones al instante. Aprovechando la gran flexibilidad que nos daba nuestro vehículo, buscamos un lugar tranquilo para instalarnos antes de sumergirnos en el ambiente de la villa. Lo primero era estirar las piernas y dejar que Leo se empapara del aroma a salitre.
Comenzamos nuestro recorrido bajando hacia el emblemático arenal de Silgar. La playa, con su fina arena blanca y la calma de sus aguas, tiene un magnetismo especial, independientemente de la época del año. Caminar por el paseo marítimo, con la icónica estatua de la Madama emergiendo del mar como testigo silencioso de nuestros pasos, es un rito obligado. Sin embargo, no queríamos quedarnos solo en la postal más conocida. Continuamos nuestra caminata bordeando la costa hasta llegar a Portonovo. El contraste entre ambas localidades es fascinante: de los yates y el ambiente sofisticado del puerto deportivo de Sanxenxo, pasamos a la pura esencia marinera, con sus pequeñas embarcaciones de pesca y el olor a marisco fresco que se escapa de las tascas cercanas a la lonja.
Para la tarde, el plan nos exigía volver al volante. Era impensable estar en la zona y no acercarnos a la majestuosa playa de A Lanzada. Conducir bordeando el litoral hasta llegar a ese inmenso istmo de arena es un verdadero regalo visual. Una vez allí, la inmensidad del océano abierto, flanqueado por su ecosistema dunar protegido, te hace sentir minúsculo. Pasamos horas recorriendo la orilla; Leo corría inagotable esquivando las olas, mientras nosotros simplemente respirábamos la pureza salvaje del Atlántico, un entorno natural que recarga las pilas de cualquiera.
Al caer la tarde, regresamos a nuestro refugio sobre ruedas. Preparamos una cena sencilla mientras el sol comenzaba a esconderse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Desde la ventana, observando el horizonte, comprendí por qué siempre necesitamos volver a estos rincones de Galicia. Sanxenxo ofrece ese equilibrio perfecto entre el bullicio alegre y la naturaleza indómita. Brindando por los kilómetros recorridos y los que aún nos quedan por hacer, tuve la certeza de que este viaje era exactamente el respiro que necesitábamos.