Mi día entre diseños y encimeras en Vigo

Abrir la puerta del local cada mañana en Vigo tiene su propio ritual. Muchas veces me recibe esa llovizna fina, el típico orballo, que deja las aceras del centro con un brillo casi melancólico bajo el cielo gris. Sin embargo, al cruzar el umbral de la tienda de cocinas en Vigo, el ambiente cambia de forma drástica. Enciendo las luces de la exposición y, de repente, me encuentro rodeado de espacios cálidos, encimeras relucientes y maderas perfectamente pulidas. Trabajar aquí no es simplemente vender muebles y electrodomésticos; es ayudar a construir el epicentro de la vida de las personas.

En Galicia, y en Vigo en particular, sabemos bien que todo lo importante sucede alrededor de la comida. Cuando una pareja o una familia cruza la puerta de la tienda, rara vez vienen buscando únicamente capacidad de almacenaje o bisagras con freno. Vienen buscando un lugar donde preparar el marisco en las fiestas, donde tomar ese primer café apresurado antes de bajar a trabajar, o donde compartir una copa de vino con amigos el fin de semana. Mi trabajo, en esencia, es escuchar esas historias cotidianas y traducirlas en planos, medidas y materiales concretos.

La parte que más disfruto de mi jornada es el proceso de diseño. Nos sentamos frente a la pantalla y empiezo a dar forma a sus ideas en el programa 3D. Hablamos de texturas y acabados, sopesando pros y contras. ¿Deberíamos optar por la dureza eterna de un granito, quizá de la cercana zona de O Porriño, o irnos a un porcelánico moderno, mate y minimalista? Es fascinante ver cómo cambian los retos dependiendo del código postal. No es lo mismo diseñar a medida para un piso antiguo con techos altísimos y paredes de piedra irregulares en pleno Casco Vello, que proyectar una isla enorme y de líneas limpias para un piso de obra nueva cerca de la Plaza de España.

Por supuesto, no todo es un camino de rosas. La realidad de las reformas puede ser verdaderamente caótica. Detrás del glamour de los catálogos de interiorismo están las tomas de agua que no cuadran, los tabiques con desplomes imposibles y las constantes llamadas a fontaneros, electricistas y montadores para que los plazos de entrega se cumplan a rajatabla. Hay días en los que siento que soy más un director de orquesta y un mediador que un vendedor. Lidiar con el estrés de los clientes cuando llevan un par de semanas viviendo entre polvo y cajas requiere grandes dosis de paciencia y empatía.

Pero la recompensa siempre acaba llegando. Esa llamada final cuando el montaje ha concluido, cuando los electrodomésticos están perfectamente integrados y la tira LED bajo los muebles altos ilumina la zona de trabajo tal y como lo habíamos imaginado.

Cuando llega la tarde, bajo la persiana del escaparate. Las luces de las farolas ya iluminan la ciudad y el olor a salitre flota en el ambiente. Me voy a casa sabiendo que, en algún lugar de Vigo, alguien está encendiendo los fogones de una cocina que yo ayudé a crear, dándole vida al verdadero corazón de su hogar.